EL APOYO DE LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA A LA SUBLEVACIÓN MILITAR DE 1936




ÁNGEL ALCALDE FERNÁNDEZ
Universidad de Zaragoza



INTRODUCCIÓN

Aquella  madrugada veraniega de 19 de julio  de 1936 muchos  zaragozanos se despertaron con  sobresalto ante  un  alboroto  de  gritos  y disparos que  pudieron escucharse por  las  calles  de  la capital  aragonesa. Hacia  las  cinco  horas,  cuando aún  no  despuntaban las  primeras luces   del  alba,   una  compañía de  soldados desfiló  por  Conde  Aranda  y el  Coso  hasta  la  plaza  de  la  Constitución para  leer un  bando  de  su  comandante militar  en  el  que  se  declaraba el  estado  de  gue- rra.  Desde   momentos  antes   ya  se  habían producido algunas escaramuzas y detenciones en  la vía  pública; grupos  de  guardias y de  civiles  voluntarios arma- dos  habían ido  disolviendo a los ciudadanos hostiles  a un golpe  de  Estado que, como  se  esperaba que  ocurriera, se  transformó  de  rumor  en  realidad de  mane- ra fulminante por todo  el país.  La población de  Zaragoza, que  por aquella épo- ca   rondaba  los   180.000   habitantes,  adoptó   diferentes  actitudes  en   aquella coyuntura que  iba  a significar el  fin de  la II República y la instauración de  una dictadura1.
Una  minoría   de  civiles, relativamente minúscula pero  bien  armada por  los mandos militares sublevados, participó activamente en el asalto  al poder  y se involucró  jubilosamente  en  la  tarea   de  destruir   cualquier  resistencia que   se encontrara. Se  trataba  fundamentalmente de  los  afiliados de  Falange Española, el  partido  fascista  español, y  de  las  Juventudes de  Acción  Popular  (JAP),  cató- licos  conservadores fascistizados. Les respaldaban las  elites  sociales y económi- cas   zaragozanas  cuyos   intereses,  amenazados  por   el   gobierno  del   Frente Popular, pretendían preservar definitivamente con  aquella acción  de  fuerza.  Por otro  lado,   la  mayoría  de  los  ciudadanos  zaragozanos  sintió  miedo   e  incerti- dumbre ante  la  acción  golpista que  acabó  por  triunfar  en  la  ciudad; y  la  san- grienta   represión planificada y  puesta   en  marcha   por  la  coalición rebelde  no


1      Sobre  el golpe  de Estado de julio  de 1936 en Zaragoza, el relato  más  completo es el de CIFUENTES, J. y MALUENDA, P., El asalto a la República. Los orígenes del franquismo en Zaragoza (1936-39), Zaragoza, Institución  «Fernando  el  Católico»,  1995.



hizo  sino  extender en  tiempo  y  espacio una  ola  de  terror  que  sería  especial- mente  cruda  durante ese  verano. A la  clase  obrera  de  la  capital, tras  ser  aplas- tada  su  resistencia y desarticulada su  huelga general reactiva, no  le  quedó otra opción  que  el  sometimiento.

Pero  hubo  un  sector  de  la  población zaragozana que  mostró  su  adhesión al bando   insurgente y  colaboró con  él,  ya  fuera  donando cantidades de  dinero, oro  y  víveres,  o  alistándose en  las  milicias  que   partían   hacia   el  frente  o  se encargaban de  vigilar  el  «orden» en  las  calles. La investigación que  hemos  reali- zado  ha  mostrado   cómo  el  apoyo social  a  la  sublevación militar  en  Zaragoza provino  de  la aristocracia de  la región, de  la burguesía y de  una  parte  de  la cla- se  media  del  campo  y  la  ciudad; y  los  valores  que  sellaron esa  alianza de  cla- ses  o grupos  sociales fueron  la  común  práctica del  catolicismo y  la  defensa de la  propiedad, desde los  grandes terratenientes y  empresarios hasta  los  «propie- tarios  muy  pobres»  y pequeños comerciantes urbanos. En resumen, se trataba  de una  coalición contrarrevolucionaria, que  encontraba su  mejor  forma  de  expre- sión  en  el  fascismo, y era  equiparable a la que  en  otros  países europeos, como Italia  o Alemania, había  protagonizado el  derribo  de  los  sistemas democráticos2.

Como  es  bien  sabido, en  España,  y  por  ende  en  Zaragoza, el  bando  suble- vado  y  el  nuevo  Estado  inaugurado con  Franco  contaron  con  el  incondicional apoyo de  la  Iglesia   católica, que  se  echó  en  brazos  de  los  insurgentes.  Pero ésta  no fue  la  única  institución importante que  contribuyó a consolidar la  reac- ción  antirrepublicana, coadyuvando a absorber grupos  sociales de  apoyo hacia el  nuevo  régimen, y  legitimando la  posición de  éste  tanto  en  el  orden  interno como  en  el  plano  internacional; sino  que  también las  Universidades de  la zona
«nacional»  tuvieron  un  papel crucial, siendo un  engranaje artífice  de  la  victoria en  la  guerra, colaborando en  distintas  tareas,  desde el  aporte  material y logísti- co  hasta  el  adoctrinamiento ideológico y la  represión.
En alguna ocasión se  ha  simplificado en  exceso al  afirmar  que  «los intelec- tuales   españoles,  en   casi   su  totalidad  […],  se   adhirieron  a  la  causa   de   la República»3. Si bien  es  cierto  que  la  mayoría de  los  mejores  y  más  conocidos artistas,   escritores y  científicos españoles  de  la  época  adoptaron una  postura legalista y expresaron su antifascismo durante la guerra, para  después continuar oponiéndose a la  dictadura de  Franco  desde el  exilio, o sufrieron  la  represión; el  bando  sedicioso también contó  entre  sus  adeptos con  figuras  de  la  intelli- gentsia, con  intelectuales  y  científicos;  «cerebros»  que   prestaron  no  sólo  un


2      Todo lo relativo  a la implicación civil  con el bando  sublevado durante la guerra  civil  en Zaragoza puede verse  en ALCALDE  FERNÁNDEZ, Á., Los apoyos sociales a la sublevación militar en Zaragoza. La Junta Recaudatoria Civil  (1936-1939), Diploma  Estudios  Avanzados, Universidad de  Zaragoza, 2008.
3      CAUDET ROCA, F., «Los intelectuales en  la guerra  del  36», en  Actas del sexto Congreso Internacional de Hispanistas, coordinado por  RUGG, E. y GORDON, A. M., 1988,  pp.  174-176.



respaldo técnico, sino  también un  apoyo moral  a  la  reacción antirrepublicana, construyendo la cultura, las argumentaciones y las bases  ideológicas que eran imprescindibles en  la edificación de  un  Estado nuevo  que  congeniara todos  los ingredientes reunidos en  la coalición de  julio  de  1936,  y que  a su vez  fuera  un reflejo  del  modelo  representado por  los  aliados fascistas  europeos. En ese  sen- tido,  las  Universidades de  la  España  insurgente se  transformaron radicalmente, dejando de  ser  instituciones para  la  custodia, el  desarrollo y  la  transmisión del saber,  para  convertirse en  instrumentos de  propaganda, de  guerra  y de  implan- tación  por  la  fuerza  del  nuevo  Estado  totalitario. Jaume  Claret  ha  estudiado el caso   particular  de   la  más   antigua  universidad  española,  la  Universidad de Salamanca que,  como institución más relevante de una ciudad políticamente conservadora que  se  convirtió   en  una  de  las  principales capitales  franquistas, realizó una  labor  propagandística, de  aporte  material, y logístico, y de  difusión de  un  «discurso  justificativo del  golpe   de  Estado»,  despuntando como  «coma- drona  del  cañamazo jurídico   del  nuevo   régimen»,   todo  ello  en  muy  estrecha colaboración con  la  Iglesia4.

En la  presente comunicación, concebida como  apéndice de  una  investiga- ción   realizada  acerca  de   los   apoyos  sociales  a  la   sublevación  militar   en Zaragoza durante la  guerra  civil,  se  estudiará el  ejemplo de  la  Universidad de Zaragoza, examinando su  función  como  partícipe de  la  reacción, y se  analizará la  contribución ideológica e  intelectual de  algunos de  sus  miembros; de  igual manera se  hará  referencia a la adhesión mostrada por  otros  intelectuales arago- neses  no directamente vinculados con  la universidad. Después, insertando todo ello  en  su determinado contexto histórico, se plantearán respuestas que  ayuden a comprender las  razones y causas históricas de  la  inclinación de  esos  sectores universitarios hacia  la  reacción antidemocrática de  corte  fascista.



UNIVERSIDAD   E   INTELECTUALES   CON   EL   GOLPE   DE   ESTADO

En las  primeras horas  del  19 de  julio  de  1936  puse  a disposición del  General
Jefe  de  la  Quinta  División  todos  los  elementos universitarios5.

Gonzalo  Calamita Álvarez,  que  ocupaba el cargo  de  rector  de  la Universidad de  Zaragoza desde 1935,  describió con  esas  palabras la  decisión que  propor-


4      CLARET, J.,  «La Universidad de  Salamanca,  plataforma de  la  represión en  el  sistema   universitario español»,  en   ROBLEDO, R.  (coord.):  Esta  salvaje pesadilla. Salamanca en la guerra civil española, Barcelona, Crítica,  2007,  pp.  215-229,  cita  en  p.  216.
5      CALAMITA  ÁLVAREZ, G., La Universidad de Zaragoza en la guerra de liberación, Zaragoza, 1939,  p. 15; transcripción de la lección inaugural del  curso  1939-1940  de la Universidad de Zaragoza, que  recoge con detalle  todas   las  actuaciones  y  servicios  ofrecidos  durante  la  guerra.  Un  resumen puede  leerse  en CARRERAS ARES, J. J., «Epílogo:  La Universidad de  Zaragoza durante la  guerra  civil» en  VV.AA.: Historia de la Universidad de Zaragoza, Madrid,  Editora  Nacional,  1983,  pp.  419-434.



cionaría al ejército  rebelde en  Aragón  inestimables recursos de  toda  índole  a lo largo  de tres años  de guerra. La vida  académica desapareció, con las aulas  clau- suradas hasta  septiembre de  1939  cuando la  institución regresaría  de  las  trin- cheras  con  el  rostro  desfigurado.

Muy  pronto  se  produjo  la  depuración del  personal, tarea  en  la  que  el  mis- mo Calamita se  implicó. La depuración y la represión no tardaron  en  extender- se  a  todos  los  niveles de  la  enseñanza6. Así,  a  propuesta del  mismo  rectorado de  la  Universidad de  Zaragoza, la  Junta  de  Defensa  Nacional  decretó  el  19 de agosto  de  1936  las  nuevas normas  que  imperarían en  las  escuelas de  primaria, cuya  enseñanza debía  responder «a las  conveniencias nacionales»7.

Si las  escuelas se  convirtieron en  instrumentos de  adoctrinamiento y control totalitario, la  Universidad de  Zaragoza, para  dar  cierta  apariencia de  actividad docente, también inauguró en 1937 una serie  de conferencias de exaltación nacionalcatólica, en  la que  los profesores adictos  a la causa  rebelde, tales  como Andrés  Giménez  Soler,  Domingo  Miral  o Miguel  Sancho  Izquierdo, expresaron las  justificaciones de  la Cruzada, las  alabanzas a los  regímenes totalitarios, y las teorías  fascistas   y  corporativistas. Por  otro  lado,  profesores de  Derecho, como Manuel  Lasala,  colaboraron en la censura de prensa y en la propaganda; pero especialmente útil fue el servicio  de la facultad de Medicina, cuyo  edificio  fue plenamente ocupado por  los  militares, y el  de  la  de  Ciencias, cuyos  científicos, con  Antonio  de  Gregorio  Rocasolano al frente,  ensayaron sus  conocimientos en el  desarrollo de  armas  químicas.
El sector  más  reaccionario de  la  comunidad universitaria desplazó y destru- yó  toda  discrepancia ideológica y  reafirmó  su  autoridad. También  en  el  alum- nado,  los  estudiantes fascistas  del  SEU zaragozano, que  habían mantenido una actitud  agitadora y  de  conflicto  durante el  período republicano, se  vieron  con el control de los espacios sindicales y culturales universitarios. Los estudiantes falangistas, jóvenes de procedencia burguesa, formados  en los valores  conser- vadores y  católicos e  influidos por  las  modernas teorías  nacional-revoluciona- rias, compusieron una elite que, tras su paso por los combates como alféreces provisionales,  se  destacaría como  un  pilar  del  apoyo social   del  régimen. En Zaragoza  no  sólo   provenían  de  los  centros   universitarios,  sino   también  de escuelas  superiores como  la  de  Comercio,  en  donde   se  había   formado,   por ejemplo,  uno  de  los  primeros  «mártires»  de  la  Cruzada   en  Aragón,   el  joven


6      La represión de  la  Universidad ha  sido  investigada a fondo  por  CLARET, J., La Repressió franquis- ta a la Universitat Espanyola, tesis  doctoral  inédita, Universitat  Pompeu  Fabra,  2005;  sobre  la Universidad de  Zaragoza, véanse pp.  291-312.  También  puede verse  CLARET, J., «Cuando  las  cátedras eran  trincheras. La depuración política e ideológica de  la  Universidad española durante el  primer  franquismo», Hispania Nova, núm.  6, 2006.
7      Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España, 21 de  agosto  de  1936.



falangista Vicente  Peralta.  Los alumnos de  este  centro  no  tardaron  en  donar  a las  arcas  de  la  sublevación el  dinero  que  en  cierta  ocasión les  había  propor- cionado la  Generalitat catalana,  ya  que,  decían, les  repugnaba; y  a  continua- ción  abrieron, como  sus  profesores, una  suscripción para  apoyar el  esfuerzo bélico8.

Estas  iniciativas de  apoyo proliferaron entre  colegios religiosos o  institutos como  el Goya,  que  alojó  a los requetés llegados de  Navarra.  Benigno Baratech, catedrático de  dicho  instituto,  también se  involucró personalmente, vendiendo folletos  de  apoyo a  los  sublevados en  colaboración con  Calamita9. Por su  par- te,  los  propietarios del  centro  escolar Joaquín Costa  cedieron éste  como  cuartel a las  milicias de  Acción  Ciudadana, a las  que,  por  ejemplo, se  había  unido  con fervor  José  Giménez  Gacto,  director  de  la  Escuela  de  Veterinaria, junto  a  buen número de  profesionales, ingenieros, profesores, médicos, etc.10.
Más  significativa  fue,  por  su  simbolismo,  la  acción   que   varios   personajes ilustres  zaragozanos poseedores de  la  Medalla de  Oro de  la  Ciudad  realizaron donando esta  condecoración, respondiendo así  al llamamiento a hacer  entregas de oro que  el alcalde nombrado tras el golpe  de Estado,  Miguel  López de Gera, hizo  para  beneficio del  tesoro  de  los  sublevados. Tanto  el  mismo  alcalde, para dar  ejemplo, como  su  padre, el  pedagogo  Marcelino López  Ornat,  entregaron su propia  medalla; de igual  manera hizo el nuevo  presidente de la Diputación Provincial, Miguel  Allué  Salvador, exalcalde de  la Dictadura de  Primo de  Rivera, que   era,   además  de   escritor,   erudito   catedrático  y  doctor   en   Filosofía   y Derecho. Respondieron a  ese  llamamiento también otros  reconocidos pedago- gos   de   prestigio,  como   la   anciana  María   Díaz  Lizarde,   y  Guillermo  Fatás Montes,  que  además envió  adjunta  una  carta  patriótica publicada en  la  prensa y  cuyo  hijo  tenía  un  papel destacado en  el  SEU. Igualmente cedió  su  medalla de  oro,  que  el  Ayuntamiento le  había  concedido «por su  inestimable y copiosa labor  literaria e histórica  sobre  Aragón»,  el  escritor  Gregorio  García  Arista;  tam- bién  lo  hicieron el  autor,  abogado y  periodista José  Valenzuela de  la  Rosa;  el doctor  en  Filosofía  y Derecho, e hijo predilecto de  Caspe,  José  Pellicer  Guiu;  el científico  de  la  Universidad  y  rector  honorario  Paulino   Savirón   y  Carabantes (cuyo   hijo   Paulino   Savirón   Feliú   era   afiliado  falangista);  el   profesor   de   la Escuela   Normal,   Pedro   Gómez   Lafuente;   el  académico  Miguel   Mantecón; el


8      RUIZ CARNICER, M. A., «El Sindicato Español  Universitario (SEU) del  distrito  de  Zaragoza durante la Guerra  civil  (1936-1939)», Revista  de Historia Jerónimo Zurita, n.°  53-54,  1986,  pp.  79-99.  RUIZ CARNICER, M. A.,  Los estudiantes de Zaragoza en la posguerra, Zaragoza, Institución   «Fernando  el  Católico»,  1989. Sobre  el  joven  mártir  y la  escuela de  comercio: El Noticiero, 27 y 29 de  julio  de  1936.
9      Los requetés en  el  instituto  Goya  en  El Noticiero, 24 de  julio  de  1936.  El dinero  transmitido por
Baratech a Calamita, y este  a la  Junta  Recaudatoria Civil  en  Archivo  Municipal de  Zaragoza (AMZ), caja
5944,  «Suscripción  pública: donativos».
10      El Noticiero, 5 y 12 de  julio  de  1936.



periodista y  poeta  Alberto  Casañal; el  catedrático de  Derecho  Gil Gil y  Gil;  y podrían añadirse algunos nombres más11.

Sin embargo, podría  considerarse este  tipo  de  colaboración con  las  autorida- des  rebeldes como  pasivo. Al menos  en  los casos  de  aquellos intelectuales que, aparte  de  cumplir   con  los  requerimientos prácticamente obligatorios de  dinero y oro,  prefirieron mantenerse al  margen de  los  acontecimientos; ello  no  impli- caba  necesariamente una  adhesión convencida a  los  métodos fascistas. El con- texto  empujaba a  actuar  de  una  manera determinada.  Aquellos individuos  de elevada educación pertenecían a  una  clase  social  privilegiada, muy  distanciada de  las  clases  trabajadoras de  la ciudad, e incluso de  las  clases  medias. Para  esos grupos, era  una  inclinación casi  natural  adoptar  una  postura  política conserva- dora,  pero  ésta,  a la altura  de  1936,  en el contexto de  una  crisis  de  dominación, estaba   fuertemente entrelazada  con  el  más  radical fascismo. Con  la  guerra, en un  contexto de  cruel  represión y  de  omnipresente, fanática   y  virulenta propa- ganda, si se  pertenecía al  imbricado tejido  social  burgués de  la  ciudad, resulta- ba muy difícil,  incluso poco recomendable o peligroso, no dar muestras de colaboración con el ejército  rebelde que  dominaba Zaragoza. No obstante, la implicación de  determinados intelectuales con  la  reacción, distaba  de  poder  ser calificada como  circunstancial. Hubo quien  aprovechó el desplazamiento o defe- nestración de  los  simpatizantes republicanos para  afianzar su  dominio, y  hubo quienes  se  volcaron  plenamente  en   apoyar  la  destrucción  armada  de   la  II República, mostrando gran  entusiasmo y aportando toda  su capacidad individual para   construir   las   bases   ideológicas  de   la   nueva   etapa   fascista.   Desde   la Universidad de  Zaragoza se  canalizaron algunas de  estas  aportaciones, y  aquí, por  su  relevancia, nos  referiremos concretamente a dos,  las  de  dos  catedráticos de  la  Facultad  de  Derecho: Miguel  Sancho  Izquierdo y Luis del  Valle  Pascual.



MIGUEL   SANCHO   IZQUIERDO   O   E L   FASCISMO   MÁS   CATÓLICO

Sancho  Izquierdo, nacido  en  Calanda en  1890,  desde muy  joven  se  involucró en  los  medios católicos conservadores de  la  ciudad de  Zaragoza, que  a  princi- pios  de la década de 1900 comenzaron a adaptarse a los nuevos tiempos  de aires secularizadores; y pronto  llegaría a ser director  del  diario  católico El Noticiero. El joven   propagandista  católico-social  consideraba  a  los  grupos   laicistas  como


11      El Noticiero,  18,   20,   21   de   agosto   de   1936,   6  de   septiembre  de   1936.   AMZ,  c.   5872,
«Comprobantes de  la suscripción de  defensa nacional», lista  de  donantes de  la medalla de  oro y AMZ, c.
5951.  La Gran Enciclopedia Aragonesa es  la  herramienta más  útil  para  hallar  referencias de  todas  estas eminencias de  la  región  del  primer  tercio  de  siglo  XX. Algunos  de  ellos  prefirieron donar  otros  objetos a  cambio   de  entregar su  medalla de  oro,  y  otros  además engrosaron sus  ofrendas a  los  fondos  de  la sublevación con  dinero  en  metálico, como  no  tardó  en  hacer  el  mencionado Valenzuela de  la  Rosa,  ya en  los  primeros días  de  julio.



«eternos  negadores de  la  libertad en  nombre  de  la  misma,  propicios al  empleo de la violencia frente  al que  no piensa como  ellos»12.  La Universidad de Zaragoza, en  la  que  se  formó  estudiando Derecho  y Filosofía  y Letras,  le  tituló  catedrático hacia   1920,  cargo   que   compaginó con  la  actividad política. Así,  durante la  II República se  destacó como  dirigente de  Acción  Popular  Agraria  Aragonesa, sien- do  diputado de  la  CEDA. Sancho  Izquierdo puede  identificarse como  un  claro ejemplo de  aquella derecha conservadora que  se fascistizó  durante el período de entreguerras en Europa para hacer  frente a los retos y contradicciones de la modernización, y a la pujanza política de la clase  obrera  y el liberalismo demo- cratizador y  republicano; y  en  efecto,  después de  Gonzalo  Calamita, fue  quizás el profesor  de la Universidad de Zaragoza más  implicado con el franquismo, asu- miendo  la parafernalia falangista, y siendo nombrado rector  de  la Universidad en septiembre de  1941  con  apoyo del  SEU, una  vez  jubilado Calamita.

Su  contribución  al  entramado  ideológico  que   apresuradamente  tuvo  que organizar  la  coalición  sublevada  se  explicitó  en  sus  conferencias  y  escritos durante la  guerra. Especialmente importante fue  la  obra  que  escribió en  cola- boración con  Leonardo  Prieto  Castro,  y Antonio  Muñoz  Casayús: Corporatismo. Los  movimientos nacionales contemporáneos13.  Esta  obra,   según   sus   propios autores, fue  una  «improvisación» que  se  redactó   en  los  primeros meses   de  la guerra  ante  la necesidad de  divulgar «la significación política y social»  del  movi- miento  que  estaba  en marcha. La Facultad  de Derecho  prestó  sus fondos  biblio- tecarios  e instalaciones a los redactores, que  también se beneficiaron de la cola- boración  de  las  Ortsgruppen  (células locales) del   NSDAP y  de  la  Deutsche Angestelltenschaft  (sindicato  de   empleados  del   partido   nazi)   existentes  en Zaragoza. La obra  tenía  algunos precedentes españoles, como  el  libro  escrito por  Ramón  Ruiz  Alonso  (el  diputado de  la  CEDA implicado en  el  asesinato de Federico García  Lorca),  ¡Corporativismo!, publicado en  1937 con  prólogo de  Gil Robles:  una  obra  exaltada, de  textos  rimbombantes, pero  incoherente y  confu- sa,  que  presentaba a  la  doctrina   corporativista como  «una  reacción contra  los excesos del  individualismo disgregador», que  «arranca  de  la  idea  de  los  “debe- res” del  ciudadano para  con  la colectividad», y que  «en su período forzosamen- te largo  de su implantación y consolidación exige un poder  público fuerte» para
«arrancar  de  raíz  el  principio disolvente de  la  lucha  de  clases»14.


12      SANCHO IZQUIERDO, M., Zaragoza en mis «memorias».  1899-1929, Zaragoza, Institución  «Fernando el  Católico»,  1979,  p.  39;  la  fundación de  El Noticiero  relatada en  pp.  39-40.
13      SANCHO  IZQUIERDO, M.,  PRIETO  CASTRO,  L.,  MUÑOZ  CASAYÚS,  A.,  Corporatismo. Los  movimientos nacionales contemporáneos. Causas y realizaciones, Zaragoza, Imperio,  1937;  tuvo  varias  reediciones. El concepto «corporatismo»  fue preferido por los autores  al de «corporativismo»  por creerlo  más acertado filológicamente.
14      RUIZ ALONSO, R., ¡Corporativismo!, Salamanca, Ex libris,  1937.  Citas  en  pp.  24-28.  Acerca  de  Ruiz Alonso,  un  obrero  tipógrafo  que  pasó  de  las  JONS a Acción  Popular  durante la  República, puede verse GIBSON, I., Granada 1936  y el asesinato de Federico García Lorca,  Barcelona, Crítica,  1980,  pp.  133-152.



Miguel  Sancho  Izquierdo y  sus  colegas imprimieron más  racionalidad, pero no mucha  originalidad, a su  exégesis del  corporativismo que  pretendía implan- tarse   como   sistema   social   en   la  España   «nacional».   En  la  primera   parte   de Corporatismo, se  perfilaba un  contexto histórico  ideológico en  el  que  se  plan- teaba  el  surgimiento del  liberalismo como  una  doctrina  destructora del  régimen gremial (abolido en  España,  ominosamente según  los  autores, en  1836),  y  que había  traído  el  parlamentarismo, considerado una  «charlatanería» y  un  engaño. Como  consecuencia más  perniciosa del  liberalismo, habían surgido el  socialis- mo  y  el  sindicalismo revolucionario, unas  teorías  «anti-sociales», que  sólo  aca- rreaban actos  revolucionarios, violencia,  crímenes y  odio  a  la  religión, y  no eran  capaces de  comprender «la misión  de  la mujer  en  la familia  cristiana».  Para argumentar todo  se  citaban escritos  y  discursos de  José  Calvo  Sotelo  (abogado que   se   había   formado   junto   a   Sancho   Izquierdo  en   la   Universidad  de Zaragoza), de  José  Antonio  Primo de  Rivera  y de  Luis del  Valle,  además de  res- paldarse en  citas  del  papa  Leon XIII. Por el  contrario, se  tachaba a Marx  como el  autor  de  una  obra  «farragosa  en  su  exposición y  difícil  de  entender porque le falta la luz clara  de la experiencia personal y directa»;  y se calificaba a la doc- trina  marxista  o socialista como  carente de  originalidad y fruto del  mito,  por  lo que  no  tenía  sentido, para  ellos,  distinguir entre  socialismo y comunismo15.

En la segunda parte  del volumen, se presentaba el corporativismo y los movimientos europeos que  lo habían acaudillado. Se definía  el  régimen corpo- rativo  como

«el régimen de  organización social  que  tiene  por  base  la agrupación de  hombres, según  la  comunidad de  sus  intereses naturales y de  sus  funciones sociales y por coronamiento necesario para  la representación pública y distinta  de  esos  diferen- tes  organismos.16»

Se afirmaba que  el Estado corporativo superaba definitivamente la distinción de  clases  sociales, que  quedaban disueltas en  los  conceptos de  «clases  produc- toras» y «no productoras». No obstante, se  aclaraba que  el  corporativismo

«dentro  de  los  productores, establece una  separación entre  los  que  laboran dan- do trabajo  o dirigiéndolo (empresarios) o trabajando directamente (obreros), bien sea a las órdenes de un empresario (obrero  en sentido  estricto), bien indepen- dientemente, en  trabajo  manual, técnico, artístico  o científico.17»
Tras recalcar el  importante papel que  tenía  la  Iglesia  y su  doctrina  social  en todo  esto,  se  pasaba a  analizar el  fascismo  italiano. Éste venía  a  ser  una  con- cepción de  la  vida  espiritualista: «El fascismo  es  religioso»; y  se  ponía  de  relie-


15      SANCHO IZQUIERDO, M. et. al.: op. cit., pp.  3-4 y ss.,  p.  24.
16      Ibídem, p.  73.
17      Ibídem, p.  79.



ve  su  oposición a la  democracia y al  sufragio universal, su  anti-individualismo, su  anti-pacifismo,  y  su  «concepción  universal  del   Estado,   con   voluntad de Imperio»18.  El movimiento portugués (salazarismo) y  el  movimiento nacionalso- cialista  alemán se  planteaban como  otros  modelos corporativistas. A continua- ción,  se  comentaban extensamente los  ensayos «corporatistas»  españoles, no sin antes  esbozar una  encomiosa semblanza de  Franco,  el  artífice  de  la  vía  espa- ñola  hacia   esa  utopía   social.   Tras  la  Dictadura de  Primo  de  Rivera,  la  CEDA habría  recogido el  testigo  del  proyecto corporativista, con  un  programa cristia- no  y  de  justicia  social,   y  de  exaltación del  sentimiento nacional: se  declaraba que  «la CEDA aspiraba a  la  conquista del  Poder  para  la  realización de  su  pro- grama,  por   las   vías   legales  (como   Hitler   después  del   “Putsch”)»19.  Pero   el siguiente paso  en  la  trayectoria de  la  nación  española había  sido  el  falangismo y su  nacionalsindicalismo. Para  acabar  el  libro,  por  último,  se  hacía  un  análisis de la organización corporativa de cada  país  (Italia,  Alemania, Portugal  y Austria) donde  se había  alzado  el «nuevo Estado del siglo XX, siglo de “Fascismo” y de Catolicismo»20.



LUIS   DEL   VALLE   O   E L   ESTATISMO   TOTALITARIO

Con una  producción intelectual considerable, Luis del  Valle  Pascual (Segovia,
1876-Zaragoza, 1950),  jurista  político, aparece para  algún   estudioso como  una figura  muy  poco  reconocida en  la  historia  del  Derecho  en  España21.  En efecto, no se conoce demasiado de  su trayectoria científica que,  después de  haber  sido discípulo de  Gumersindo de  Azcárate,  desarrolló en  la Universidad de  Zaragoza como  catedrático, un  puesto  que  ya  ocupaba antes  de  la  etapa  primorriverista. Por  esas   fechas,   había   ejercido  como   delegado  estadístico  del   Instituto   de Reformas   Sociales, cargo   en  el  cual   había   llegado a  conocer,  a  través   de  la experiencia zaragozana del  agitado trienio  posterior a la guerra  europea, la organización de  los  obreros  y su  estrategia huelguística.
Fue  un  espectador privilegiado de  la  radicalización de  los  conflictos  sociales en la etapa  de entreguerras, cuyas  novedades y peligros supo  captar.  En 1920, su opinión era  que  el Gobierno  no debía  cruzarse de brazos  ante  la cuestión social,


18      Ibídem, pp.  110-121.
19      Ibídem, pp.  172-174.
20      Ibídem, p.  190.
21      SÁNCHEZ  VERA, P.,  «Antecedentes  de   la  Sociología  en   la  Universidad  de   Murcia»,  Anales de Derecho. Universidad de Murcia, n.°  21,  2003,  pp.  253-282,  p.  261.  Por  otra  parte,  en  medios actuales de  ultraderecha hay  quien  ensalza su «gran talla  intelectual» y su obra,  por  su compromiso con  la poten- ciación  del  Estado  y  la  unidad nacional, y  por  su  «pálpito  de  utopismo fascista»,  llegando a  compararle con  una  figura  prominente de  la  historia  de  la  filosofía  como  es  Fichte:  TORRES VICENTE,  F., «El organicis- mo  de  Luis del  Valle»,  Razón Española, n.º  112,  2002.



sino  que  su  misión  era  la  de  «conquistar a  la  masa  neutral  obrera  […] y  acallar al  partido  socialista por  medio  de  una  activa  política social»;  pero  para  enfren- tarse  a  los  sindicalistas rebeldes,  había   que   propulsar  una  transformación  del Estado,  y  en  caso  extremo «no habría  más  remedio que  someterlos por  la  fuer- za,  porque ante  todo  y  sobre  todo  hay  que  salvar  siempre el  interés  colectivo, las  supremas exigencias del  ideal  nacional», si bien  pensaba que  la  «represión  a todo  trapo»  era  contraproducente22. Como  vemos,  su  pensamiento político  tenía todos  los  ingredientes que  harían  germinar la  ideología fascista.  Y en  efecto,  a finales   de   la  década  de   1920,   con   experiencia  propia   como   delegado  del Ministerio  de Trabajo  para  la organización paritaria en Zaragoza, dirigía  cursos  de investigación acerca del  Derecho   corporativo español,  en  torno  al  sistema   que intentó  instalar  la Dictadura de  Primo  de  Rivera  a imagen del  fascismo  italiano23.

La recepción de nuevas teorías  más radicales, y la experiencia propia  de la democracia republicana, hizo  madurar el pensamiento jurídico  de Luis del  Valle, abocándole hacia  el  estatismo. En su  obra  de  1936  (publicada su  primera  ver- sión  en  enero) con  el  título  Hacia una nueva fase histórica del Estado, recogía las  tesis  del  jurista  alemán Carl  Schmitt,  militante del  NSDAP en  cuyas   teorías constitucionalistas  se  apoyaron los  nazis   en  1933  para   implantar  un  tipo  de gobierno completamente diferente que  ponía  fin  al  sistema   de  partidos políti- cos,  y  además de  otros  autores   germanos, apuntaba el  Mein Kampf de  Hitler como  una  de  sus  obras  de  referencia, que  le  acompañarían desde entonces en todos  sus  escritos24.

La perspectiva histórica  que se había  forjado le hacía  pensar que el Estado, construido como  un  ente  político  a  través  de  diversas fases,  se  encontraba en una  coyuntura crítica  que  debía  superar. Según  Luis del  Valle,  la  etapa  consti- tucionalista que  había  comenzado en  el  siglo  XVIII se  estaba  desmoronando tras la I Guerra  Mundial, haciendo del  sistema  parlamentario liberal una  simple  cari- catura,   desacreditada  e  infecunda,  de  lo  que   debía   llegar   a  ser  el  auténtico Estado.  Éste, en  esa  especie de  concepción platónica a la  que  se  aspiraba, era una  «forma superior de  organización coactiva»  que  hacía  posible la  «solidaridad humana».   La condensación del  Poder  que  se  había   producido en  el  ejemplar caso   alemán  era  la  deseable  «fase  histórica   nueva»   o  «fase  de  la  Dictadura», impulsada también por  Italia  y Rusia.
La crítica  al parlamentarismo se centraba en sus aspectos formales, en la incapacidad del  sistema  electoral («absurdamente» nivelador) y  el  principio clá-


22      DEL  VALLE, L.,  «El problema  obrero   en  Aragón»,  1920  (texto   publicado  en  la  revista   Nuestro
Tiempo, n.º  257).
23      DEL VALLE, L., Organización corporativa nacional. Memoria de un curso, Zaragoza, 1929.
24      DEL VALLE, L., Hacia una nueva fase histórica del Estado. Ensayo crítico de la actual democracia histórica y su superación por una nueva Democracia, Zaragoza, 1936.  Se reeditó  ampliadamente en 1937.



sico  de  la  libertad para  defender los  intereses supremos. Del  Valle  arremetía contra  el  concepto de  igualdad entre  los  hombres, y  afirmaba la  inutilidad de las reformas  del  sufragio, pues  la solución definitiva se encontraba en una  «nue- va  superior conciencia del  Estado». En resumen, clamaba por  la  sustitución de la  «democracia de  forma» por  una  «democracia de  fondo»,  y  del  pluralismo por el  «unicismo  fundamental del  interés  supremo del  Estado»25.  En 1938,  reafirma- do en su admiración por el sistema  nazi (fue el traductor  del programa nacio- nalsocialista para  su  edición española), acentuaba esa  exaltación del  Estado  en su  obra  Democracia y Jerarquía. Nuevos ideales políticos:

El Estado  es  una  «persona»,  porque es  una  organización teleológica conscien- te de  sí misma26.

A este  ensayo extenso y  nítidamente totalitarista se  le  añadía un  apéndice con  las  leyes de  la  organización del  nuevo  Estado  español.

Más  tarde,  Luis del  Valle  publicó la  obra  culmen de  su  pensamiento: en  El Estado Nacionalista  Totalitario Autoritario (1940)   reunía  sus  anteriores tesis, con  la  novedad de  incorporar, de  nuevo  por  influencia nazi,  el  tema  del  racis- mo a sus  disquisiciones. También  el discurso de  nación  obtenía mayor  atención de  su  pluma   que  anteriormente, aunque  lo  enlazaba con  el  estatismo radical que  ya  conocemos. De  este  modo,  la  Nación  era  «una  Comunidad sustancial, fundamental, básica, de  cuya  entraña misma  surge  necesariamente el Estado,  su Estado  propio, con  la  misión  de  lograr  su  propia  integración histórica»27.

Parece  claro  que  Luis del  Valle  nunca  llegó  a ver  plasmadas sus  ideas  en  la realidad del  régimen de  Franco,  y  difícilmente puede concebirse en  la  práctica la  implantación de  tal  tipo  ideal   de  sistema. Si  bien  sus  obras  contaron   con todas las facilidades para escribirse y difundirse en la España franquista, como representativas de  un  modelo  político  deseable, no  alcanzaron, aparentemente, gran  éxito.  Miguel  Sancho  Izquierdo fue  un  personaje más  influyente ideológi- camente en  el  ámbito  universitario zaragozano.


LAS   RAÍCES SOCIALES DE LA  UNIVERSIDAD FASCISTA

¿Qué  motivaba a  aquellos intelectuales aragoneses a  adherirse a  la  reacción violenta en  contra  de  la  II República y  a  suscribir   las  teorías  antidemocráticas del  fascismo?
En primer  lugar,  como ya se ha sugerido, los miembros de la comunidad universitaria en  los  años  treinta  todavía  formaban parte  de  un  privilegiado gru-


25      DEL VALLE, L., op. cit., p.  28.
26      DEL VALLE, L., Democracia y jerarquía. Nuevos ideales políticos, Zaragoza, Athenaeum, 1938,  p. 25.
27      DEL VALLE, L., El Estado Nacionalista Totalitario Autoritario, Zaragoza, Athenaeum, 1940,  p.  245.



po  social.  A pesar  del  surgimiento de  la  sociedad de  masas, la  Universidad no había  dejado de  ser  una  comunidad «pequeña, donde  todo  el  mundo  se  cono- ce,  donde  estudiar era  aún  una  actividad casi  familiar»;  y las  cifras  del  alumna- do tampoco experimentaron un incremento sustancial con la llegada de la II República; así  que  no  se  había  producido una  verdadera democratización28. No obstante, el  profesorado, especialmente el  que  ocupaba los  principales cargos, rectorados y  decanatos, y  que  sobresalía claramente por  su  conservadurismo, veía   con  desconfianza  y  rechazo  cualquier  apertura  social   de  su  tradicional mundo  universitario.

El elitismo  que  desprenden las  opiniones que  por  aquellos años  expresaban los  guardianes de  la cultura  acabó  por  ser  uno  de  los  valores  de  la sublevación con las  armas  en la mano.  José  Valenzuela de  la Rosa,  al pronunciar en 1934 su discurso de  ingreso en  la  Academia Aragonesa de  Nobles  y Bellas  Artes de  San Luis,  ante  sus  colegas e  iguales, afirmó  con  humildad pero  sarcasmo que,  en aquellos «tiempos  de  crisis  integral […] cuando luce  más  sugestivo que  nunca  el principio de  igualdad», correspondía al  «vigente  sistema  nivelador»  aceptar en  la Academia a «un vulgarísimo periodista [en] representación del proletariado inte- lectual»,   refiriéndose a  sí  mismo29.  La  etapa   formativa   de  un  personaje como Sancho  Izquierdo, plasmada en  sus  propias memorias como  una  experiencia de vida  sosegada, en  un  ambiente elitista  y  jerárquico, puede compararse con  los similares  recuerdos  que   José   María  Gil  Robles   describió  sobre   su  paso   por Salamanca en  su  juventud30. La posición política e  ideológica adoptada por  los tres  hombres durante la  crisis  de  la  II República fue  prácticamente idéntica.
Por  otra  parte,   además de  tal  elitismo   social   burgués, de  las  convicciones católicas y  poco  democráticas, y  de  la  participación en  el  juego  político  de  la etapa  republicana en  partidos del  espectro derechista, algunos de  estos  desta- cados  partidarios de  la sublevación armada ostentaban importantes intereses económicos como  empresarios. Desde  los  años  20, en  el  desarrollo industrial y empresarial de  la región  habían participado grupos  vinculados a la Universidad. Cabe  recordar, por ejemplo, que  Gonzalo  Calamita presidía el consejo  de  admi- nistración de  una  gran  empresa que  era  Talleres  Mercier;  o que  Gil y  Gil, que fue  también rector  universitario durante la  República y  era  miembro destacado del  Partido  Radical  (el  cual  abandonaría para  abrazar el  fascismo), presidía el consejo  de  administración de  Maquinaria y  Metalurgia Aragonesa, era  vocal  de la Caja  de  Ahorros,  etc.  Por su parte,  Luis del  Valle  tenía  intereses en  empresas


28      FERNÁNDEZ  CLEMENTE,  E., «La Universidad de  Zaragoza durante la  Dictadura de  Primo  de  Rivera  y la  Segunda República», en  VV.AA., op. cit., pp.  277-418,  cita  p.  379.
29      VALENZUELA  DE LA ROSA, J., Los tiempos de Bayeu. Discurso de ingreso en la Academia Aragonesa de Nobles y Bellas Artes  de San Luis,  de  Zaragoza, Zaragoza, Heraldo  de  Aragón,  1934.
30      SANCHO  IZQUIERDO, M.,  op. cit., GIL ROBLES, J.  M.,  No fue  posible  la paz,  Barcelona, Ariel,  1968, pp.  23-25.



azucareras y  alcoholeras; Paulino   Savirón,   además de  químico, era  propietario de  una  fábrica  de  cementos; Valenzuela de  la  Rosa  había   sido  presidente del Centro   Mercantil   Industrial   y  Agrícola,   y  secretario  de  la  Cámara   Oficial   de Comercio  e Industria.  La lista podría  extenderse desentrañando las conexiones múltiples de  este  grupo  social  que,  además de  estar  implicado en  los  espacios culturales y universitarios zaragozanos, formaba  parte  de  la  red  de  sociabilidad burguesa zaragozana, en la que la propiedad, los intereses económicos y el catolicismo eran  los  valores  fundamentales, y  en  la  que  la  Universidad se  des- tacaba  como  una  de  sus  células.

En definitiva, ese  sector  universitario e intelectual de Zaragoza apoyó de una manera tan  clara  a  la  sublevación porque formaba  parte  de  la  misma  red  de intereses que  había  planeado y  preparado el  golpe   de  Estado,  y  de  la  misma red  de  intereses que  se  benefició de  él.  Se trataba  de  una  red  que  ostentaba el poder  económico de  la  región, y  que  todavía  ejercía   un  dominio   social  sobre las  clases  subalternas. Por tanto,  podemos argumentar que  no  fue  el  hecho  de poseer cultura  o una  elevada educación, sino  la  defensa de  sus  propios  intere- ses  económicos, y de  su propia  concepción de  lo social,  la razón  de  que  aque- llos  instrumentalizaran una  institución como  la  Universidad de  Zaragoza, y  de que  prestaran sus  propias capacidades, para  servir  a la  reacción antirrepublica- na  armada de  1936.

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