Las primeras columnas en el frente de Aragon





Tierra y Libertad 19360807



LA COLUMNA  DURRUTI-PP.REZ FARRAS.   Dos horas  antes  de par­tir hacia el frente  de Aragón al mando  de su columna, Durruti  concede una  apresurada entrevista  a  Pierre  van Pasen, corresponsal del Toronto Star.
-De hecho,  estamos  dispuestos  a  acabar  con  el  fascismo,  de  una vez por  todas  -afirma entonces  y añade-: Aun a  pesar  del  Gobierno de la República.

Cuando  Von  Passen  le  pregunta  si  el Gobierno  de la  República  no lucha también  contra  el mismo enemigo, Durruti  replica:

-No hay Gobierno en el mundo  que realmente  combata  al fascismo para  destruirlo. Cuando  la  burguesía  ve que  el poder  se  le  escapa  de las  manos,  recurre  al fascismo  para  mantener sus  privilegios.


El comandante Enrique Pérez i Farràs y Durruti saliendo de Barcelona dirigiendo las  
primeras columnas que salieron hacia el frente de Aragón el 24 de julio de 1936

La columna  sale en  buen  orden  de  Barcelona  la  mañana  del  23 de julio.  Consta  de  2.000  hombres  y otros  1.000, que  se  le sumarán en  el f rente. Detrás  de la agrupación  de vanguardia,  desfilan  tres  baterías  de camiones,  al  mando  del comandante Fernando  Claudín. El coronel  artillero  Enric  Pérez  Farras,  asesor  de estos  quintos  licenciados,  mineros de  Fígols,  y  obreros   metalúrgicos, viaja  en  coche  y  en  compañía   de Durruti.   No  tardarán en  chocar  estos   dos  temperamentos  obcecados y apasionados. Dos semanas  después, cuando apenas  empezara  a instruir las improvisadas tropas,  Pérez Farras rompe con Durruti  y regresa a Barcelona. Queda entonces  de asesor  militar  el sargento  artillero  y an­ tiguo  seleccionado olímpico  de  tiro  a  pistola,  Juan  Manzana.  Es  anar­ quista  convencido y amigo  personal  de Durruti.
La columna pasa por Lérida y Fraga. En los primeros  bombardeos enemigos,  los  milicianos  se  desconciertan  y  es  gravemente   herido   el comandante Claudín. Llegan al  Ebro  y toman  Pina  y Osera, tras  duros combates.  Durruti  establece  su  puesto  de  mando  en  Bujaraloz.  Allí le llevan  detenido  a Jesús  Arnal, cura  párroco  huido  de  un  pueblo  de la provincia  de Huesca. Inmediatamente, Durruti  le convierte  en su secretario,  para  protegerlo.

-si te marchas, alguno de esos grupos  incontrolados te matará,  pues no  siempre  tendrás  la misma  suerte;  si  te  quedas,  yo respondo  de  tu seguridad,  porque  estarás  bajo mi absoluta  protección -le dice.
Poco  después,  los  anarquistas capturan  a  un  muchacho   falangista de  quince  años, cargado  de escapularios.  Durruti  habla  personalmente con él durante  horas  enteras,  tratando de convertirlo  al comunismo  libertario. El adolescente  se  niega a  claudicar  y Durruti  permite  que  lo fusilen.

Las enfermedades  venéreas se extienden  entre  los milicianos.  Durruti ordena al Cuerpo de Tren de su columna que detenga a las prostitutas incorporadas a la tropa,  así como a los homosexuales, y los devuelva a Barcelona   en  vagones  de  ganado  desde  Sariñena.  Sin  embargo,  para entonces, el contagio es tan grande que la columna establece  un hospital venéreo  junto  al de sangre en Bujaraloz.  Éste es muy deficiente  y falto de recursos. Cuando la escritora  francesa  Simone Weil pasa por allí, con serias  quemaduras en un pie, cuida  de ella un azorado  barbero.  Entretanto,  muchas  de las  mujeres  llevadas  a  Barcelona  están  ya  de vuelta en  el frente,  ejerciendo   su  oficio en  otras  columnas.  Una  leyenda  aún hoy creída  y muy  divulgada, atribuye  a  Durruti  la  responsabilidad  de haberlas  ametrallado a todas, en unión de los invertidos.

Junto  con los fotógrafos  soviéticos  Boris  Makaseyev y Roman  Karmen, Ilya Ehrenburg visita el puesto  de mando  de Durruti.  Éste les in­ vita a  almorzar,  y Ehrenburg le acusa  irónicamente de arrogarse indebidos  privilegios. Mientras  los restantes comensales  beben  vino, Durruti toma  agua  mineral.  Para  asombro  de  Ehrenburg,  Durruti   se  enfurece y manda  a gritos  que le traigan  agua  del pozo. Luego se disculpa  ante los extranjeros;  una  dolencia  intestinal   le impide  beber  vino;  por  eso los milicianos le proporcionan  agua envasada. Jura  muy serio que nunca más volverá a suceder.  Come en silencio y de pronto  murmura:

-Es difícil  cambiarlo  todo  de  pronto.  Una cosa  son  los  principios y otra  la vida.

Poco antes,  plagiando sin saber palabras de un condottiero  florentino, había afirmado:  «Ésta  no es la hora  de morir, sino de vivir. Nuestra lucha no se hace solamente  disparando tiros.»

Al anochecer,  acompaña  a Ehrenburg hasta  cerca  de la línea de fue­ go. Sonriendo,  le  pregunta  si  no  quisiera  conocer  el  destino  de  unos camiones  recién llegados. Ehrenburg replica  que prefiere  ignorar  secretos  militares.  «Éste  es  un  secreto  a  voces. Mañana  vamos a  cruzar  el Ebro», le interrumpe Durruti.  Pocos días antes una avanzadilla había atravesado el río, para  enterrar unos cadáveres  enemigos y hacerse con los melones de unas huertas.  En la patrulla,  junto con otros  extranjeros, figuraba Simone Weil. Se había obstinado en incorporarse a aquel grupo, aunque era muy miope y ni siquiera sabía manejar  el fusil. Su tenacidad hizo exclamar  a un faísta:  «¡Liorenos Dios de las mujeres  tímidas!»

El 19 de agosto, a las  dos y media de la madrugada las  fuerzas  de Durruti   emprenden   el  paso  del  Ebro.  Sus   primeros   prisioneros   son todos  los miembros de una familia  campesina. El padre, un hijo  ya mozo, uno  de  dieciséis  años,  otro  de  ocho,  la madre y tres  hijas  niñas.  Todos se  sienten aterrados  y  vejados. Saben   que  en  aquel   frente no  suele hacerse prisioneros; pero  responden de mala  gana  al saludo  con el puño cerrado del Frente Popular. Los llevan  a Pina, cuando  empiezan los bombardeos enemigos. Los milicianos sorprenden  y capturan también a una fuerza   de  Caballería en  Quinto:   un  capitán, dos  tenientes y  varios  soldados.  Pocos  días  después, Durruti recibe  órdenes de  estabilizar la  columna,  hasta   que  los  hombres de  Antonio  Ortiz  lleguen  a  Quinto   y  a Belchite  por  el  sur  del  Ebro.  Muy a  pesar  suyo,  tiene  que  obedecerlas.

«Renunciaremos a  todo,  menos  a  la  victoria», empieza   a  reiterar por aquel  entonces.



Bandera de la CNT FAI, Columna Ortiz, COPIA, 100 x 160 cm aprox. (Militar - Propaganda y Documentos)LA COLUMNA  ORTIZ.   Al mando  del  carpintero  cenetista Antonio Ortiz,  asesorado por  el  teniente coronel   Fernando Salavera, la  columna  sale  de  Barcelona el  24 de  julio. Suma   también 2.000 hombres,  muchos  de  ellos  antiguos soldados del  Regimiento núm.  34, y  tres  piezas de artillería. Su  primera acción  es el ataque a Caspe,  previamente  bom­ bardeada por  la  Aviación  y defendida por  una  compañía de  la  Guardia Civil y 200 falangistas voluntarios. Al primer  embate los  milicianos incendian la fábrica de harina y entre la humareda casi alcanzan el centro de la ciudad. La defensa  corre a cargo  del comandante retirado del  Instituto Guíu  Giral,  aunque el  mando efectivo  lo  ostentan hombres más capaces: el  capitán José   Negrete   y el  teniente Francisco Castro, también  de  la  Guardia Civil. Muertos Negrete  y Castro,  Guíu  Giral  aparece gritando entre los  defensores:  «¡No  temáis! ¡Aquí  tenéis otro  padre! ¡Viva  España! ¡Viva  la  Virgen  del  Pilar!»   A la  segunda acometida de la  columna, faltos  de  municiones sus  defensores, Caspe  capitula.
Ortiz  pierde  200 hombres en el asalto a Caspe;  pero a poco  toma  Alcañiz  y continúa su  avance.  Captura Azaila, La Zaida  y Sástago, camino de  Belchite. Entre el 16 y el  19 de  agosto,  unos  pocos  aviones  republicanos  bombardean esta  plaza,  que  la columna no  logra  ocupar. Temporalmente establece la línea  del  frente entre Híjar y Escatrón. A finales de  agosto,  entran en  combate otras dos  columnas, de  efectivos mucho más  reducidos que  la Ortiz  y la Durruti. La dirigida por  el cenetista aragonés  Carod  y el teniente de  la Guardia Civil Ferrer toma  Fuendetodos, la  tierra de Goya, el 22 de  setiembre. La Hilarlo-Zamora, a  las  órdenes del sindicalista Hilarlo, asesorado por  el capitán Zamora, se integra con las  fuerzas de  Ortiz,  después de  sufrir  grandes pérdidas, en  combates sostenidos frente a Sástago  y Azaila.
Reducido el  alzamiento en  Tarragona, parte  de  allí   otra   columna al mando del antiguo comandante militar de  la  plaza,  coronel Martínez Peflalver.  La  componen 600 soldados  voluntarios y  previamente  licen­ ciados  por  la  República. A diferencia de  las  otras formaciones, cuenta con  un  buen  número de  militares profesionales entre sus  jefes.  Ocupa Muniesa,   después de  duros combates sostenidos en  Calaceite   con  sol­ dados  y  guardias civiles  procedentes de  Zaragoza.  Establece contacto con  la  columna  Ortiz,  que  ha  retrocedido hasta  Muniesa   después de abandonar la  línea  Híjar-Escatrón. Se  repite entonces la historia de  las disidencias entre Durruti y Pérez  Farras, aquella que  Manuel  Azaña lla­ mará  la tragedia del militar republicano en la guerra civil, cuando Ortiz impone  a la fuerza  su autoridad a la columna tarraconense. Enfurecido, Martínez  Peñalver  renuncia y regresa a Barcelona.


EL  CERCO DE  HUESCA.   Después  de  Zaragoza, «la  perla  del  anarquismo»,  Huesca  será  la  ciudad  donde converjan las  esperanzas de  Catalunya  en guerra. No obstante, aunque Huesca  quede casi  por  completo cercado   y  las  fuerzas de  Durruti lleguen   a  los  arrabales  de  Zaragoza, ninguna  de las  dos plazas  será  nunca  conquistada.
El  PSUC organiza  su  propia columna, la  «Carlos  Marx»,  que  pronto tomará el nombre de su primer jefe, Luis del Barrio Navarro. Del Barrio, antiguo sargento  de  Artillería con  evidentes dotes   de  mando,   impone una  disciplina a  sus  voluntarios desconocida en  las  unidades anarquistas. Establece su Cuartel General  en Grañén, para  dominar la región comprendida entre Tardienta y la sierra de Alcubierre. El objetivo final
de  la  columna es  poner  sitio  a  Huesca   por  el  Sur,  una  vez  capturada Zuera.  En  agosto  fracasan los intentos de Del Barrio sobre Santa Quite­ ría  y Perdiguera. No obstante, captura Tardienta, y allí  confisca  un  pequeño  tesoro   en   joyas,  que  fuera de  los  ricos  del  lugar   antes   de  ser exterminados. Lo envía  a Barcelona con  una  escolta  para  ponerlo a dis­ posición  de  las  autoridades. En  un  cruce,  el  coche  es  detenido por  un retén  del POUM, que fusila  a los custodios de las alhajas, como si fuesen vulgares  ladrones, sin reparar en documentos ni hacer  caso  de protestas.
Luego,  devuelve  los cadáveres a Tardienta. A finales  de  setiembre y en un osado  golpe  de  mano,  Del Barrio consigue  parte de  sus  objetivos  finales  al tomar el puente de Zuera.
Una columna del POUM, al mando de Josep  Rovira,  con Jordi  Arquerdo comisario y e' capitán italiano Russo  de  asesor militar, se  sitúa  en el  norte  de las fuerzas de Del Barrio y fija  su  puesto de mando en  Leci­ fl na.  El  poeta   comunista  inglés   John   Cornford, un  nieto   de  Darwin, quien  morirá luchando en  el frente de  Córdoba, se alista  extrañamente en  aquella   unidad de  supuestos trotskistas. El  28 de  agosto,  participan en  la  toma  de  Perdiguera cercada; pero  cuando Cornford cree  dispuestos   a  los  milicianos para   un  ataque definitivo sobre Zaragoza,  reciben órdenes de  trasladarse al  frente de  Huesca. Otra  columna del  POUM la  Oltra-Picó-Balada, se  establece al  sudeste de  Huesca. Llega  hasta eÍ manicomio de la ciudad  y consigue  otras posiciones avanzadísimas en  la carretera de  Huesca  a Barcelona. El  31 de  agosto, incorporada a  las fuerzas del coronel Villalba  y apoyada por  los milicianos llegados de Le­ ciñena  y Perdiguera, entra en  el  pueblo   de  Tierz  y deja  allí  su  puesto de mando, a cinco  kilómetros de Zaragoza. Trece  días  después, Cornford, enfermo, es evac  ado.  Escribe entonces el más  conocidos de sus  poemas Full  Moon  at Tterz,  «Luna  llena  en  Tierz».  En  el  último puesto  ante Huesca, en la última valla  para nuestro orgullo, 1 piensa, amor  mío, que yo esta noche 1 te siento  a mi  lado.

También al sudeste de Huesca,  y casi  cerrando el cerco de la ciudad en  aquel sector, operan dos  columnas anarquistas. Las llamadas «Aguiluchos»  y  «Roja y  Negra»,  al  mando circunstancial  de  García   Oliver. Éste  se ve obligado  a regresar pronto a Barcelona, y los 2.000 milicianos de estas unidades quedan incorporados a las  órdenes del coronel  Villalba.  El  comandante Albaldetreco ejerce funciones de  asesor militar en la  zona,  entre  ruidosas discrepancias con  los  anarquistas, quienes no aprenden a  aprovechar el  terreno ni a  dirigir el  tiro,  aunque su  arrojo y espíritu de sacrificio sean  grandes y bien  probados.

En  el pueblo  de Sangarrén, y para  celebrar la  llegada  de  García  Oliver,  le  ofrecen un  banquete, que  se  prolonga toda   una  noche.  García Oliver, quien  dista del ascetismo de Durruti, acepta complacido. Al alba fusilan a  un  miliciano, Gervasi  Pous,  acusado de  espionaje a  favor  del enemigo.  Las únicas supuestas pruebas contra él son  haber sido  seminarista y llevar  una  medalla de  la  Virgen  de  Montserrat. Pese  a  su  inexperiencia, aquellas milicias resultan  efectivas. Se  apoderan del  castillo de San  Juan  y del  cementerio de Huesca. El 30 de  agosto,  cortan la vía férrea.,la  guarnición semisitiada tiene  que  construir a  toda  prisa  una pista  militar entre- Aterre  y Lupiñén. Los anarquistas fortifican una  ex­ tensa  zona,  desde  la carretera de Sariñena hasta los  castillos de  Torres Secas, y allí se atrincheran.

En  vísperas de la  sublevación, el coronel José  Eduardo Villalba, con cuartel general en  Barbastro y al mando de media  Brigada de Montaña, era  uno  de  los  más  fervientes conjurados si  bien  desde   primeros de junio  temíase Mola  que  «jugara a  dos  paños».  Villalba  permanece fiel a  la  República y sale  de  Barbastro hacia  Huesca, al  frente de  una  columna de  3.000 hombres. El  3 de  agosto, toma  por  asalto el  pueblo   de Siétamo, en  la carretera de  Huesca, defendido por  cien  guardias  civiles, mandados por  el  teniente Manuel  Lahoz,  y  auxiliados por  una  unidad llegada  de Huesca  y a las órdenes del comandante José  Luis  de la Vega. El 12 de agosto, el general De Benito  recobra la  plaza, y Villalba  retro­ cede hasta las afueras de la ciudad. El 31 de agosto,  ataca de nuevo, ocu­ pa el cementerio y dinamita los arrabales. Los sitiados se defienden  encarnizadamente, casa  por  casa  y hasta el  último reducto, que  es  el  palacio del conde de Aranda. El 12 de setiembre, un mes después del triunfo de De Benito,  huyen a las   fortificaciones  de Estrecho  Quinto,  a seis kilómetros  de Huesca  y al amparo  del río Flumen.
El 15 de setiembre,  Villalba inicia  su  ataque  contra  aquellas  defensas. Quince días• después, cae Loporzano, donde    en  julio fracasaron los milicianos  salidos de Barbastro con la columna. Cae también  Fornillos, al Sur,  y prosigue el avance  hacia  Estrecho  Quinto. Los franquistas se ven forzados  a evacuar  aquella  red  de fortificaciones, que  protegían  a Huesca  por  el Este. Villalba captura  numerosos  prisioneros,  ametralla­ doras,  piezas de artillería, dos cañones antiaéreos  y varios camiones.  El camino  de Huesca  se  halla  expedito;  pero la  ciudad,  asediada  y tenaz. mente  defendida,  no caerá  jamás.


LA COLUMNA  PIRENAICA Y  LA MACIA-COMPANYS.  En el Alto Aragón, desde  la  frontera hasta  el sur  del  río  Guarga, opera  con  brillantez  una  columna  de  2.000  hombres,  con  dos  baterías   de  montaña, mandada   por   el  comandante  Mariano   Bueno,  con   Julián   Borderas como  comisario   político. Bueno  y Borderas   han  huido  de  Jaca,  junto con  otras   personalidades  republicanas. Por  razones  humanitarias   un guardia  civil sublevado  les lleva hasta  la frontera francesa  y regre'sa a Jaca,  donde  es fusilado  inmediatamente. Desde Pau  pasan  a  Puigcerdá y a Barcelona;  pero allí la CNT y la UGT se niegan a facilitarles  armas, aunque  Borderas  es diputado socialista.  La  Guardia  de Asalto les  pro­ porciona  una ametralladora y los primeros fusiles. La mayoría de sus milicianos  son universitarios barceloneses  y naturales de aquella  región pirenaica.  Camino del frente,  pasan  por  Barbastro, donde el coronel  Vi­ llalba  tiene  por  único  plano  una  guía  Michelin. Borderas  recuerda   la plaza  de  Angüés, claveteada  con  un  alfiler  negro  porque  allí  resisten unos guardias  civiles rebeldes.
Por orden  personal  de Companys, Sandino  y Guarner  organizan  una columna  con  afiliados  a los  partidos  catalanistas burgueses,  pese a la airada  oposición  de los anarquistas en el Comite de Müícies. El propio Companys ofrece el mando a Jesús  Pérez Salas, posiblemente  por  recomendación  de Vicente Guamer. Pérez Salas, un  teniente  coronel  alicantino, ha sido en otros tiempos jefe de los Servicios de Seguridad de la Generalitat. Acepta el  encargo  de Companys, después  de largas vacilaciones, por  haberse  prometido no mandar  más  tropas  que las militari­ zadas. Exige y consigue autoridad militar  sin cortapisas, hl frente  de la
columna. Un delegado civil, el antiguo alcalde de la Seu d'Urgell, Canturri, se encarga de las funciones administrativas. Al frente  de cada 300 milicianos hay capitán  del Ejército, y antiguas  clases de  tropa  se responsabilizan de las unidades  inferiores.


Pércz Salas reúne 1.300 hombres, que en Aragón pasarán  de 2.000, con varios fusiles  ametralladores y dos  baterías  de montaña. Cuando la  columna sale de Barcelona, a primeros  de agosto, la escasez de municiones es tan  grande  que el Comite de Milícies sólo puede proporcionarles diez cajas  de  cartuchos. Aunque su  disciplina  es  muy  superior  a  la  de  las columnas  confederadas y marxistas,  su  actuación  no  resulta  brillante. Desde  Alcañiz  avanza  hacia  Montalbán,   para   proteger   las  minas  de carbón  de  Utrillas.  Un ataque  que  realiza  sobre  Fuenferrada es  det nido por fuerzas  zaragozanas  a finales  de octubre. Fracasado el intento, el frente  se estabiliza entre  las sierras  de Cucalón y Palomera.

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